PINCELADAS REFLEXIVAS Cuando el sentido común nos abandona

30/06/2020 03:49 p.m.

Por: Elkin Contreras Mendoza*

No somos un pueblo ilustrado, desconfiamos de las altruistas intenciones de la ciencia y hasta miramos con desdén de “sabios” el guiño emancipatorio de la filosofía. Entonces, ¿qué nos queda para orientarnos en esta avasalladora realidad (que por hoy algunos llaman nueva normalidad)? Por lo pronto nos queda “el sentido común”, flama cuyos combustibles primarios son la sensatez y la prudencia. Sentido común que brota en la conciencia a partir de la vida misma, de lo que significa habitar en el mundo con todas sus complejidades y contradicciones, sentido común que nuestros antepasados remotos reconocieron, tal vez, como el primer imperativo moral en la aspiración universal de darse la buena vida y que nuestros inmediatos ancestros vigilaban con celo, independiente de sus condiciones de existencia materiales.

Pero, ¿qué pasa cuando el sentido común nos abandona, cuando sin darnos cuenta iza su pañuelo blanco y se va persiguiendo la sombra de algún crepúsculo imaginario? Entonces, la vida misma se empieza a despedir, servida en bandeja de plata en el banquete de la sinrazón; trocamos la progenitura por un guiso de lentejas, volvemos la mirada atrás a riesgo de convertirnos inevitablemente en estatuas de sal, saltamos al vacío creyendo hacer conejo a una vida vacía o, tal vez, nos agolpamos un día sin IVA en los centros comerciales, detrás de los cristales humedecidos por el sudor de la gente, para pagar con nuestras vidas (con nuestra fuerza de trabajo convertida en dinero) una patineta, una sartén o una sanduchera. ! Da gusto ver un día sin IVA aquí en mi tierra, mientras la covid-19 funge como garrochero encima de su negro rocín! Vivir a mil, como si un presagio de horas lucífugas se adueñara anárquicamente de nuestras almas, vivir intensamente, peligrosamente (algunos dicen “estúpidamente”). Es Cronos devorando a sus hijos con la anuencia de bárbaros opresores.

Cuando el sentido común se distancia también sale por la puerta falsa el sentido de la vida; la vida, esa flor de un día cuyo singular aroma hay que aspirar con emoción antes que sus pétalos se marchiten. Hallarle el gusto a la vida para no rifarla a la suerte debe ser imperativo moral, pero tempranamente se advierte el carácter social de esta exigencia. No somos acacia de Bahréin para soportar estoicamente la soledad de los desiertos. Pero vivir en sociedad, asumir nuestra condición política, implica el reconocimiento del otro sabiendo que en el ejercicio de nuestras libertades no sólo somos responsables de nuestra vida sino de la de los demás, incluso cuando elegimos  el sendero de la inacción. Así, cuando en una sociedad pasan cosas (buenas y de las otras) y permitimos que esas cosas pasen, tal vez, también nosotros somos responsables, sólo que nos falta valor para reconocerlo (bueno, al fin de cuentas, el valor no es precisamente la virtud de esta sociedad).

Hoy, el carácter social de la especie nos interpela sobre el papel que cada uno de nosotros debe representar en el teatro del mundo actual para que la tragedia no tenga la última palabra. Durante esta puesta en escena no serán los espíritus más ilustrados, ni los favorecidos de Pluto, ni los cancerberos del poder quienes puedan testimoniar sobre la estela que en la historia habrá de dejar esta inédita pandemia, en absoluto, serán quienes vuelvan sobre el sentido común, ese que ha sido repartido por igual entre los mortales. Refiere el mito griego sobre la creación de los seres humanos que habiendo correspondido a Epimeteo repartir los dones entre las distintas especies dejó a los humanos desprovistos de don alguno; para resarcir el error, el filántropo Prometeo entregó a la humanidad el conocimiento de la técnica y las artes, pero esto no fue suficiente, pues les era imposible vivir en comunidad. Entonces, Zeus envió a Hermes para que distribuyera entre los humanos los dones del pudor y de la justicia, pilares de la amistad. Y la ley no se hizo esperar: todo aquel que fuera incapaz de  respetar la justicia y el pudor sería repudiado por la sociedad como si se tratara de una peste. De manera que el sentido común siempre ha estado en la base de lo que significa aspirar a una buena vida. Somos los seres humanos altamente normativos, pero la autonomía puede ser conquistada para que no caiga sobre nosotros la fuerza coercitiva de la ley o, lo que es peor, que tengamos que aprender dolorosamente las lecciones que nos deje la pandemia y todo porque dejamos que el sentido común se fuera de paseo un martes de carnaval, un viernes santo o un día sin IVA.

*elkincontreras12@yahoo.es Instagram: @econtreras05

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