En el horizonte pedagógico el contexto precede a la norma

13/09/2021 08:02 p.m.

Por Jorge Martínez Cassiani*

Se dice con mucha frecuencia que la educación debe ser un asunto dirigido a aportar al desarrollo de la práctica cultural que se observa evidentemente en un contexto determinado; sin embargo, este discurso queda indiscutiblemente muy bien expuesto en cada una de las reuniones que tiene lugar a lo largo del año en las jornadas pedagógicas que se llevan a cabo en los colegios, pero sobre todo en aquellos cuyo escenario es de corte étnoeducativo, en donde mucho se habla de que, por ejemplo, la información de lo que se imparte debe ser contextualizada. Esa afirmación hasta ahí parece que no tendría forma de ser objetada.
Sin embargo, resulta paradójico que, en este tipo de instituciones etnoeducativas especialmente ubicadas en zonas insulares, por ejemplo, suele observarse a estudiantes que insistentemente hacen su arribo al colegio, pero quedan por fuera del portón, ya que no se les permite la entrada porque usan cabello largo, se ponen aretes, o se hacen cortes de pelo considerados estrafalarios; de la misma forma cierto número notable de padres de familia o acudientes, igualmente, asisten calzando chanclas, usando shorts o faldas cortas e, incluso, vistiendo camisillas. A la larga, después de todo, esto debería ser tomado, por supuesto, como un mensaje que estaría advirtiéndonos algo.
Y es que cada quien va al colegio con la indumentaria con la que ha sido moldeado por la costumbre generalizada del contexto cultural en donde habita; en tal sentido, por tanto, la forma de ser se legitima como una reproducción debido a que los demás individuos siguen ese mismo patrón tradicional, lo cual es algo que se justifica naturalmente.
El filósofo francés Jean Paul Sartre al respecto expresa, a propósito, lo siguiente: “cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Así entonces, toda esta forma de presentación personal en la que asiste tanto el estudiantado como el acudiente puede estimarse precisamente como una muestra de un aspecto cultural que demanda la comunidad educativa del contexto donde está ubicado el colegio y que tendría que ser, por tanto, institucionalizado.
La institucionalidad se debería crear de manera horizontal, esto es, con lo ya dado como práctica cultural de un contexto determinado y no lo contrario, es decir, que la práctica cultural de dicho contexto tenga que ser impuesta por “una institucionalidad” como algo externo a él. Cambiar este orden es una acción un tanto violenta, pues se le estaría afectando constrictivamente la voluntad a las personas que tienen naturalmente esa arraigada costumbre.
Ahora bien, para que la educación sea de parte del estudiante un proceso algo voluntario, debería, antes que nada, considerarse como principio fundamental esa peculiar característica de la presentación personal en tanto accesorios e indumentaria con la que éste mismo se identifica y se reconoce justamente en dicha comunidad, lo cual no tendría entonces por qué ser basado en el prestigio prepotente de una posición verticalmente unilateral y conservadora, cometedora de excesos, al omitir criterios sobre los que se fundamenta la crítica y simulando algo como si fuera institucional.
No darse cuenta de este aspecto de la realidad persistente y predominante en la cultura de una comunidad, puede verse como un problema concerniente a la implementación de criterios que deben ser adoptados fundamentalmente con base al uso de valores regulativos capaces, por supuesto, de una interrelación propias de un debate abierto mediante el diálogo crítico con el propósito de establecer un conjunto de normas sobre las bases efectivas de un mutuo acuerdo y entendimiento que puedan servir para mantener el equilibrio social educativo en este orden, materializada realmente, en efecto, de manera institucional en un manual de convivencia.
Los valores regulativos que deben estar presente, en este sentido, son fundamentalmente dos. “El primero de ellos tiene que ver con el carácter sociopolítico de la sociedad, o con los procedimientos en esa sociedad; mientras la segunda tiene que ver con el carácter del ciudadano. La primera es democracia, la segunda es razonabilidad.” (LIPMAN- MATTHEW, El Lugar del Pensamiento, Pág. 45).
De ahí que, en este proceso de construcción, como es el manual de convivencia, por lo menos se debe contar con algún miembro nativo idóneo dentro de la comunidad educativa que viene a ser el ciudadano conocedor, obviamente, de la sociedad y su cultura, para que participe democráticamente en ella. Al decir de los docente y demás miembros de la institución educativa, su rol fenomenológicamente consistiría, por su parte, en ser investigativos junto con uno o más miembros nativos, teniendo en cuenta el acuerdo como una razonabilidad basada fundamentalmente en un criterio argumentativo de pertinencia y consistencia, abierto a una continua discusión y revisión periódicas, dentro del marco del contexto cultural en el cual, desde luego, se investiga y forman parte como comisión ética, con el propósito de garantizar de esta manera una educación más sólida en valores.
Con el ánimo del ejercicio de la transparencia democrática, los miembros pertenecientes a la comisión de ética que vigila el cumplimiento del manual de convivencia escolar deberían ser miembros pro tempore, que puedan cumplir un determinado período en su función; además, no debe haber impedimento alguno en cuanto a la participación para aquellos profesores miembros que sean funcionarios del comité de ética y que, a la vez, sean padres acudientes, pues no hay nada que pueda ser motivo considerable en este caso como para que eso sea tenido como un conflicto de intereses.
Cabe tener presente que el criterio de pertinencia y consistencia de la comisión ética no solamente debe limitarse críticamente al contexto cultural de la comunidad a la que pertenece el establecimiento educativo, pues hay que tener en cuenta que puede haber otros miembros escolares provenientes de otras culturas distintas a la cual se le deben respetar, igualmente, las expresiones de su identidad en este sentido.
Así, por ejemplo, un individuo que se identifique particularmente con la etnia indígena o rom o con uno de los géneros humanos diversos como los comprendidos en la comunidad LGBT y que sea admitido en una institución educativa étnica afro también debe gozar de las mismas garantías dispuestas en un manual de convivencia con tal de que se permita mostrar estas distintas expresiones en los que cada individuo tiene afinidad, ya bien sea, respectivamente mediante el uso de su traje típico, atuendo o accesorio.
Mantener unas normas que resulten favorables para crear condiciones de un ambiente de armonía y equilibrio que posibiliten la interrelación personal entre estudiantes, es lo que debería tener por objetivo un manual de convivencia, por lo que no únicamente debería trascender a un asunto de cultura sino, también de interculturalidad y de condición humana.
En principio un manual de convivencia puede ser sustentado tanto de manera conceptual como teórica para darle una mejor forma y sentido a su contenido. De ahí que debería resultar oportuno echar mano, ya sea, de la filosofía o la ciencia.
A propósito, insuperablemente, el filósofo español José Ortega y Gasset, expresa: “Yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. A partir de esta cita es preciso comprender el concepto de “circunstancia”; veamos de qué se trata: “la circunstancia es la parte de la vida que no elegimos pero que nos configura” tal como, por ejemplo, la época y el lugar en el que se ha nacido, el nivel social de nuestros padres, el nivel educativo de nuestros padres, el colegio donde se ha estudiado, la condición humana que uno representa, etc.; todo este montón de elementos que configuran la identidad y que no podemos elegir es lo fundamental para comprender de algún modo ciertos aspectos de la cultura en la que uno se reconoce y, a la vez, se identifica.
A la luz de este concepto, el compromiso serio de la comisión ética es corresponder en que el trabajo de vigilancia, de cada uno de sus miembros, tenga como función atender a ser flexibles, cuidadosos y de mente abierta al no pasar por alto, esencialmente, toda circunstancia posible común a cada estudiante a la hora de compendiar, de manera consciente y sensible, a modo de decreto la serie de disposiciones en el manual de convivencia; solo así, y nada más, es como podría haber la garantía de una efectiva observancia entre los miembros escolares.
No lejos de esta realidad, se comprende a la muestra actual de las cosas, en lo que respecta al tema teórico, que “para el progresismo pedagógico cada experiencia social es esencialmente educativa. Dewey consideró que la vida social es a la educación lo que la nutrición y la reproducción es a la vida fisiológica, por lo tanto, la escuela es una institución social que debe concentrarse en los más efectivos medios para ofrecer al niño los recursos necesarios para cultivar la herencia cultural y desarrollar sus facultades para lograr fines sociales.”
Entre las ventajas que se puede obtener realmente de esta forma en la creación e implementación contemporizada de un manual de convivencia, en este sentido, es que se superaría el prejuicio hacia el cultivo de la herencia cultural a raíz del imaginario colectivo creador de ciertos estereotipos susceptibles de estigmatización en la sociedad, de tal modo que se aprendería así a apreciar la diversidad. El que usa accesorio, tales como, por ejemplo, arete, piercing, topito, collares, pulseras, o look extravagante como peinados, pelo largo, corte de pelo, o, también, como trajes típicos, en fin, etc., en el ambiente institucional educativo en el cual se reconoce e identifica en la interrelación con los otros como perteneciente a una cultura, tendría iguales garantías. Además, las opiniones sin fundamento crítico que no aportan a la diversidad cultural, propias de posturas conservadoras en etapa premoderna, perderían terreno al quedarse solamente en la parte superficial del estudiante y, por tanto, un tanto banal y fútil si se comparara con argumentos más de peso que reivindicarían realmente al estudiante como persona.
Sin embargo, resulta evidente que el prejuicio imperante hacia la diversidad cultural a raíz de la estigmatización de los estereotipos, contrariamente a lo que se piensa, encuentra mayores voces de resistencia, sobre todo en el gremio de profesores, en donde obstinadamente se sigue generando alguna repercusión para que los estudiantes se muestren obedientes asumiendo una posición dogmática y que no puedan ni identificarse ni, mucho menos, reconocerse en ella.
Causa cierta extrañeza que aun en la actualidad puedan existir profesores que les resulte un mal ejemplo el que ciertos estudiantes usen algún tipo de look, por ejemplo, sin, desde luego, apreciar antes la realidad cultural en general que lo circunda. El papel del profesor reside precisamente en el deber de usar todos los procedimientos que estén a la mano con el propósito científico de verificar, constatar, comprobar, etc., en fin, hasta llegar hacerse una idea justa de los aspectos reales de la cultura que permitan armónicamente enriquecer el manual de convivencia para garantía del estudiante.
Pero también, de otra parte, el recurso científico en un contexto étnoeducativo nos permitiría, incluso, brindar asistencia a un tema serio como el de la cultura en este caso, de tal modo que, por ejemplo, se pueda ciertamente establecer si ha habido algún caso en que se pueda comprobar que la forma peculiar de la presentación personal representativa propia de un contexto cultural tenga cierta incidencia proclive en el normal desarrollo de la formación integral del estudiante. Asuntos como estos, más que todo, son los que debieran ser tenidos a consideración en su investigación un profesor para garantizar la consistencia en la calidad de la educación.
Ahora bien, tampoco nada garantiza que en las condiciones premodernas, en que pueda ser sometido un chico de bachillerato, logren ser decisivas para que sigan adoptando, una vez que terminan sus estudios, como una tendencia de su costumbre, un perfil parecido al que mantenían como estudiante. Se presenta el caso en que algunos, cuando entran a una universidad pública, no muestran ni sombra de aquella apariencia física de su presentación personal.
El profesor tampoco debería ser “neutral” o indiferente a tener su propio estilo en la presentación. Si conoce el lenguaje peculiar presente de su contexto y parte en principio de él a la hora de impartir su actividad en el colegio, igualmente debería tener en cuenta la indumentaria que en el lugar se usa para vestirse conforme a las condiciones físicas de dicho lugar ¿Qué motivos pudiera haber como para no presentarse en short, en camisilla o en abarcas o cabello largo al colegio, por ejemplo, si se trata de una isla?
Lo que si cabría determinar, por parte de la comisión ética en el manual de convivencia, es el límite a partir del cual se pueda establecer unos mínimos que permitan mediante algún tipo de criterio llegar a un acuerdo en el que no se vea afectada la expresión de un aspecto cultural como es la presentación personal en ninguna de cualquiera de sus manifestaciones.
Ahora bien, si una tarea de estas resulta, por lo demás, difícil, no menos podría serlo el hecho de que pueda implementarse de manera que logre satisfacer en la práctica, ciertamente de algún modo, la regulación de la forma de vestir, de la presentación como algo institucionalmente definitivo, teniendo en cuenta la apertura de este amplio horizonte que implica el aspecto de lo cultural, de la interculturalidad y de la condición humana del género.


*Filósofo de la Universidad del Atlántico
gerantropo@hotmail.com

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