EXPULSADOS

19/04/2021 06:08 p.m.

Por César Curvelo

En 1977 cursaba undécimo grado en el colegio de bachillerato anexo a la entonces Corporación Universitaria de la Costa, CUC, que hoy es la Universidad de la Costa, en nuestra recién rebautizada Mocanápolis. Antes de una clase de filosofía, el profesor de dibujo había dejado, en un pupitre, una pila de cartulinas que acababa de calificar. Dijo que estaba de prisa y que por tanto nosotros mismos nos distribuyéramos dichas cartulinas, y salió del salón como quien está de diarrea. El trabajo en clase era hacer un paisaje libre que cada quien pintó como le dio su regalada gana y como a bien pudo. Cada dibujo tenía su nota respectiva, en la parte de atrás. Un compañero se enfureció cuando volteó su obra de arte y vio que había obtenido una nota regular por los tres rayones que había hecho; lleno de rabia, hizo una bola con la cartulina y se la tiró en la cabeza a otro compañero que estaba de espalda; luego le quitó el dibujo a otro que estaba descuidado e hizo lo mismo, y otra vez se la tiró a otro, como si fuera un pítcher.

Pronto varios tornaron a hacer lo mismo y se formó un berenjenal, una tiradera de paparruchas, una guerra de pelotas acartonadas. Preciso: cuando entró el profesor de filosofía, me encontró forcejeando con dos compañeros para que no me quitaran mi dibujo, puesto que no congeniaba mucho con la idea de convertirlo en un arrugado esferoide. El metafísico profesor, con cara de pocas pulgas y sin preguntar qué estaba sucediendo, ordenó a los tres que nos saliéramos del salón de clase.

Traigo a cuento lo anterior porque con el tiempo le di importancia a la materia. Me puse a leer libros sobre la temática. Hasta llegué a leer El ser y la nada, de Sartre. Incluso escribí un libro afín llamado Existencia y libertad. Buscando en internet, veo que hay un ejemplar en la Biblioteca Orlando Fals Borda, de la Universidad del Atlántico, para el que le pique la curiosidad. Como escritor soy bastante anónimo, así que mejor hablemos de dos expulsados mucho menos desconocidos.

El primero. Una profesora, en una escuela uruguaya de mediados del siglo pasado, daba una cátedra magistral de historia y dijo, en determinado momento, que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre en ver el Océano Pacífico. Se equivocó: no fue el primer hombre, sino el primer europeo. Un niño levantó la mano y preguntó si los aborígenes que vivían en lo que hoy es Panamá eran ciegos. Por esto, la profesora lo expulsó de la clase. Era de esos típicos docentes de tal época, de los que tomaban cualquier aclaración como burla o falta de respeto. Ese niño era Eduardo Galeano, el autor de un libro titulado Las venas abiertas de América Latina. Tiene otros: El libro de los abrazos, Espejos: una historia casi universal, Memoria del fuego y El fútbol a sol y sombra. Vale la pena leerlos.

El segundo. En una clase de pintura, un profesor hizo una pregunta formal a un estudiante. Este contestó algo así como: “Yo me sé ese tema al dedillo, pero como soy mucho más inteligente que usted, no le voy a responder.” No solo lo sacaron de clase sino también de la academia. Del profesor nadie sabe el nombre. ¿Y del estudiante? Sí. Tú por lo menos habrás visto una surrealista pintura de Salvador Dalí, que podría ser La persistencia de la memoria, esa de los relojes gelatinosos. Dalí también escribió varios libros: Diario de un genio, Los vinos de Gala y La metamorfosis de Narciso.

Quien tiene como profesión la enseñanza sabe que no es fácil tratar a determinados estudiantes, en especial esos que tienen la chispa adelantada y que son atrevidos, respondones e incluso pendencieros, y que suelen sacar de quicio a algunos maestros en cuestiones polémicas. A su vez, quien ha recibido clases sabe que hay uno que otro profesor retrógado que quisiera vivir en el medievo, en los tiempos de la inquisición, o por lo menos en la más reciente época de los reglazos en las manos o los jalones de oreja como tatequieto escolar.

A propósito de todo esto, hay un libro que recomiendo leer sobre este asunto crucial de la enseñanza. Ese es El valor de educar, de Fernando Savater. Creo que esta obra debería ser más difundida a fin de sacar experiencias que puedan aplicarse en nuestro medio. Recuerdo que hay un pasaje en que cita a Platón, y que dice que los niños deberían aprender con juegos. Así que escribí alguna vez que las asignaturas en primaria deberían ser “Jugando con los números”, no aritmética. “Fiesta con las palabras”, no castellano. “Juegos en la cancha”, no gimnasia. “Prevención y diversión”, no higiene.

Estudiantes, profesores y padres o acudientes conforman una de las comunidades esenciales de la sociedad. Con sutileza, liderazgo y asertividad, este gran conglomerado podría contribuir de manera cívica y comunitaria con acciones puntuales para alentar la lectura, puesto que hoy por hoy el nivel en este campo, en su índice per cápita anual, es paupérrimo en nuestro subdesarrollado país. De paso cabe señalar que parte del atraso se debe a un sistema educativo deficiente, que en cuanto a calidad está bastante abandonado por el Estado. 

Sea esta una invitación a ponernos a leer, a que nos comprometamos en adelantar una campaña de promoción de la lectura en nuestras familias y comunidades. Cabe terminar con una frase pertinente: los niños y los jóvenes son educados por lo que hace el grande, y no por lo que dice, como dijo Carl Jung. Si nos ven leyendo, es posible que lean un poco más. Si no, no esperes peras del olmo.

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