Historia de la investigación de una inquietud

28/09/2021 07:03 p.m.

Por: Jorge Martínez Cassiani*

Cuando empecé a hacer este trabajo investigativo, desconocía ciertos presupuestos metodológicos, de suerte que lo que me embargaba asediándome, en lugar de ello, era la inquietud.

La inquietud era un indicador, un indicador ineluctable que abarcaba mi horizonte y me mantenía muy disperso al extremo de que no sabía por dónde comenzar. El momento clave que hizo que me percatara de este embrollo fue cuando hacía los preparativos para hacer mi trabajo de grado.

Apenas tanteaba cierto bagaje debido al influjo de algunas lecturas previamente hechas, pero no del todo acabadas. Por la repercusión de su brillante impacto en mí, entre ellas debo destacar como más recordadas “El Silencio de la palabra” de Raimon Panikkar, “Investigaciones Filosóficas”, “Conferencia sobre ética” y “Observaciones filosóficas” de Ludwig Wittgenstein, historia de una tesis de Jacques Derridá, “El budismo” de Eduard Conze así como, además, algo de Taoísmo, en fin, más lo visto en la carrera. A esto se le suma, también, como si fuera poco, para colmo de esta empresa, las orientaciones iniciales impartidas por parte de mi asesor, el médico y filósofo experimentado Francisco Fadul quien era muy genuino, creativo y sugerente al ofrecer alguna instrucción a tener en cuenta para el desarrollo de mi tema. La primera vez que visité al Dr Fadul en su consultorio fue una mañana en la que todavía no avistaba mi objetivo. Todo estaba en abstracto aún en mí ese día. Solo al tocar la puerta de su despacho noté que ya no había vuelta atrás, que tenía que seguir y, por supuesto, eso fue lo que hice tras haber sido abierta.

Mientras pensaba qué decirle en ese instante, nada venía a mi mente. A pesar del cúmulo de lecturas que había hecho, aun no contaba siquiera con la mínima idea como para hablar con fundamento acerca de un tema filosófico. Nora, su asistente, fue quien me recibió en la puerta y me llevó hasta donde él. Atento para abordarme, inicialmente me ofreció un café. Ese gesto lo interpreté como una manera amena de bajarle ritmo a la tensión.

Sin embargo, eso no fue suficiente, pues temía prejuiciosamente ante cada palabra que hablaba al punto que procuraba en lo posible guardar silencio. Nada más me limitaba sencillamente a atender lo que decía mientras le daba unos sorbos a la humeante bebida. Resuelto a que le compareciera algún avance de mi trabajo, no vaciló en preguntarme.

Recuerdo en ese instante su primera pregunta fue, en efecto, lo esperado: ¿Cuál es el tema de tu investigación? A lo que yo le respondí: tengo todo claro; mi dificultad es muy simple, ya que se trata de no saber por dónde empezar. No obstante, su réplica no aguardó tiempo. En su afán de procurar comunicarme algo serio, tomó en sus manos un globo terráqueo didáctico: con la izquierda sostenía su base cambiándola de posición, mientras que con la derecha comenzó a darle vueltas en diferentes direcciones, al tiempo que me decía con cierta voz en un tono enojadizo: ¡observa que el mundo gira así, también así, o de este otro modo, igualmente en sentido contrario, o, también, si lo prefieres, de este otro modo! Creí que con esas directrices ofrecidas más mi divagador acervo, producto de las lecturas, iba a bastar cuando de repente nuevamente arremete contra mí tomando como ejemplo esta vez al Pibe Valderrama diciendo, a la vez que driblaba como él y hacía enfáticamente seña en su pie: !observa que el Pibe Valderrama era toda una estrella de futbol porque era muy simple lo que hacía, ya que no salía del borde interno del pie derecho en sus jugadas!>.

Muy decido se dirigió, después a una de las gavetas del escritorio de su consultorio y sacó un ensayo suyo de investigación de medicina cuántica y un libro de “fenomenología de la poesía” así como también Las Upanishads. Al cabo rato fue a donde yo estaba y, dándome en las manos todo ese acervo fontal de conocimiento, solo dijo: ¡Toma, lee esto! > Todas estas indicaciones impartidas por mi asesor no eran entendibles en su momento.

Me parecía que todo lo que buscaba simplemente conocer por él estaba salido de contexto y que era una locura la empresa prometedora de una investigación guiada por alguien así. Era cuestionable de su parte un globo terráqueo que hacía girar sin ningún sentido, un Pibe Valderrama que se dedicaba a patear el balón con su peculiar estilo y, además, por último, como si fuera poco, unos libros de ciencia, de poesía y misticismo que, para la mente ordinaria con su conjunto prejuicioso de lecturas, no alcanzaba entonces a ver siquiera alguna relación bien parecida. Sin embargo, tiempo después comenzaron las asociaciones de ideas al estilo humeano, o más bien las fulgúreas revelaciones inspiradas por aquellas maniobras de orientación investigativa hasta entonces nulas como guía.

Cada vez me venía a la mente con mucho ímpetu ideas asombrosas y muy brillantes, una tras otra. No podía centrar mi atención excepcionalmente en una sola. No obstante, seguía escribiendo. Todo indicaba que se trataría de algo que no podía dominar en palabras. Casi a punto de desistir, debido a esas pesadas dificultades en las que cada día me sumía con el ánimo por el piso ante tanta exigencia a la luz de ese algo escurridizo, pacté una nueva cita con mi asesor que tuvo lugar, pero esta vez en una mañana nublada y en la cual el sol parecía resistirse a salir. Recuerdo que me atreví a presentarle unos apuntes farragosos como resultado de las ideas fragmentariamente colectadas en un orden aleatorio.

Justamente lo que me temía sobrevenir ocurrió: <¡No entiendo lo que tienes tú aquí! ¡Mejor dime en unas sencillas palabras lo que pretendes hacer! ¡¿De qué trataría aquello que piensas investigar?!> Fue tanta la presión que sentí en ese preciso momento que guarde silencio como nunca mientras lo veía. Al poco rato, una vez más la revelación surtía su efecto. En esta ocasión recordé unas palabras que servían de introducción en su ensayo de medicina cuántica: “en la agonía es mejor no luchar”.

Luego, entré en un estado que yo me atrevería a describir como uno de aquellos estados en donde se muestra algo convincente, en el que el pesimismo de un positivista persuasivamente ha de llegar cuando “no nada en contra de la corriente, sino que flota” y, en consecuencia, acaba por aceptar en su corroboración predictiva que la causa está perdida, pues, ¿qué se tendría que perder si por ella se halla uno perdido?

Pensar de este modo, bajo la gravedad de estas circunstancias me alentaba mucho, ya que eso contribuyó a que toda sombra de miedo fuese disipada en mi humanidad. Repentinamente, sin ningún esfuerzo, en el retraimiento silencioso y casi ataráxico, vislumbré en el fulgor de la mente algo ¡Eureka! ¡Claro! ¡Sí! de lo que se había tratado esta investigación era acerca de una inquietud, pues todo lo que podía sentir era simplemente eso que siempre estuvo ahí guiándome desde sus inicios, solo que apenas hablaba sin hacer referencia a ella, es decir que nada más hacía alusión.

Ese encanto fulgurante que vino al instante junto con la palabra, tiempo después, se perdió efímeramente de tal suerte que ya no podía ser el mismo. Las respuestas cuentan también con “su cuarto de hora”, luego, desencantan. Esta experiencia al tiempo artificial y arbitraria de la palabra no pasa de ser más allá que “la sombra del logro real”, la ficción del hecho asombroso…

*Filósofo egresado de la Universidad del Atlántico
Correo: gerantropo@hotmail.com
Celular: 3017236984

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