PALABRAS DE ARENA. Las semillas desechables

22/06/2022 08:41 p.m.

Por: Orlando Barros García*

Releyendo sobre un tema bastante discutido en las últimas décadas, como lo es el hambre,  nos hemos dedicado a reflexionar sobre los orígenes de una situación que hoy golpea a un porcentaje grandísimo de colombianos, y en especial, de personas pobres de nuestra ciudad de Barranquilla.

Para entender mejor tal situación – acudimos a textos con los que ya habíamos interactuado, y al abordaje de nuevas investigaciones de tipo económico – antropológicas en aras de tener muy claro por qué a estas alturas del desarrollo humano, el hambre campea por  toda la geografía pobre de nuestras ciudades, siendo Barranquilla, un caso actual de progreso sostenible de esa situación pauperizante de lo humano.

La teoría económica neoliberal, que nace en los años ochenta y que a nuestro país entra en los noventa, cuyo derrotero central lo constituye el achicamiento del Estado como principal proveedor de soluciones para los problemas de la gente, promoviendo la libre empresa e iniciativa privada donde el mercado ha sido quien establece las reglas no solo de consumo, sino, de la producción, trajo como consecuencia el que el interés particular y la ganancia estuvieran por encima de lo humano, de los derechos de la gente, y por ende, de cualquier posibilidad de redención social, tarea que corresponde por naturaleza al Estado. 

Con la instauración de las políticas denominadas de apertura económica al comienzo de la década de los noventa, se dan los primeros pasos para la instauración del neoliberalismo como una fase nueva del capitalismo en territorio nacional. Todo auspiciado por unos partidos tradicionales, corruptos y  proclives a profundizar las diferencias sociales en aras de no perder ni por un instante, el poder y sus privilegios de siempre. Así es como a partir de allí se da inicio a una cascada de cambios en la reglamentación de la interacción económica, política y laboral. Se desregularizara la traída de mercancía y productos del exterior, facilitando su entrada al país con exenciones de impuestos, o el no cobro de ellos por parte del Estado, dizque para crear la posibilidad de competir y consumir productos de calidad a precios bajos.

Privatizan las empresas del Estado, alejando a éste de su responsabilidad social en la prestación de bienes y servicios importantes para la vida humana, como el servicio de agua potable, energía eléctrica y en las últimas cuatro décadas, el gas natural; según los expertos neoliberales, para cerrar la brecha fiscal saneando las finanzas del Estado por los manejos corruptos con que se venían administrando estas empresas, y dejando a quienes estaban en los niveles económicos más bajos, sin la posibilidad de contar con dichos servicios esenciales, pues la injerencia del Estado en la regulación de tarifas es escasa, debido a que quienes prestan esos servicios son privados y sus intereses y objetivos son netamente económicos. La creación de normas que llamaron de flexibilización laboral, terminaron quitándole a la clase trabajadora una buena parte de sus derechos adquiridos durante siglos de lucha histórica, en algunos casos, con la excusa por parte de gobiernos neoliberales, de crear nuevos empleos, sin que hasta hoy se haya visto crecimiento alguno de la empleabilidad en Colombia, y por el contrario, lo que sí ha crecido cada vez más, es la ganancia del sector empresarial, y la pauperización del poder adquisitivo del salario de los trabajadores.

Seguidamente lo que se vino fue una avalancha de sucesos que tienen al borde de la locura económica a la mayoría del pueblo colombiano pobre. De acuerdo a cifras del DANE, Departamento Nacional de Estadísticas, 25.000000 millones de compatriotas viven en la pobreza. La no regularización por parte del Estado hizo crecer la pobreza, debido al desempleo galopante por razón de la no productividad nuestra, el abandono del campo como proveedor natural de alimentos, y como consecuencia el desabastecimiento interno, (seguridad alimentaria), para comenzar la era de las importaciones tal y como mandan los cánones del neoliberalismo.  Pero lo más grave de todas estas circunstancias, lo constituye el hecho de que a la producción de alimentos se le haya puesto patente, esto quiere decir, las semillas; un producto vegetal que existe en la naturaleza desde el origen vital del planeta, ahora tiene dueño por cuenta y riesgo de quienes han aplicado el conocimiento científico, aparentemente, para mejorar las condiciones de productividad del trabajo en el campo, y así lograr la autonomía alimentaria de los pueblos humanos.

Las economías neoliberales impulsadoras de estas tecnologías biológicas, lo que hicieron fue constituir inmensas trasnacionales que monopolizan ese conocimiento, vendiéndolo al mejor postor, dejando a un lado a las naciones subdesarrolladas y en ventaja a los países ricos y autónomos en ciencia y tecnología. Este hecho ha marcado la diferencia pues al momento del libre mercado, TLC y demás, los Estados pobres ven caer sus economías, especialmente el sector de la agricultura al no poder competir con productos superiores en contenido, calidad y productividad, pero tampoco han podido comprar las semillas para iniciar la nueva era de la agricultura. Hoy por ejemplo, compramos todo o casi todo lo que comemos venido de otros países, importamos casi todos los alimentos de la canasta familiar a precios exuberantes y en deterioro del bolsillo de quienes pueden comprar. Y  los más pobres sin la posibilidad de adquirir sus alimentos, pues no hay empleo, por la inactividad productiva y la nula agricultura.

Sí, la llegada de las llamadas biotecnologías parecía una luz de esperanza   para la humanidad. Poder sembrar en desiertos, donde antes era impensable, poder cosechar en tiempo record era un avance descomunal, un avance que colocaba a la humanidad a las puertas de resolver un fenómeno como el hambre, que históricamente había traído muerte y desolación, enfermedad y guerras fratricidas. Sin embargo no ha sido así. El neoliberalismo tenía lista una trampa para acabar con la producción de alimentos. Quitarle la posibilidad de sembrar libremente a quienes trabajan en el campo – se hizo palpable con la regulación de la forma como se debe producir en países con una economía neoliberal como la nuestra. La semilla de cualquier alimento que antes podía volverse a sembrar por el campesino, una vez terminaba de cosechar, hoy no se puede reutilizar porque está obligado comprarla pues existen medidas reglamentarias estrictas sobre patentes que prohíben seguir explotando dicha semilla. Pero peor aún, para asegurarse de lo anterior – han sido manipuladas genéticamente de tal forma – que una vez sean extraídas para volver a sembrar con ellas, no florezcan de nuevo. Resultado final; existen las tiendas de semillas,  donde el campesino debe volver a comprar cada vez que inicia una nueva siembra. El mercado que lo regula todo ya ni siquiera permite que la semilla, un producto natural antiquísimo, que data desde la mismísima génesis del mundo natural nuestro y fuente de vida, ya no sea propiedad de la humanidad. Ahora es un producto con dueño: las trasnacionales; a las que tenemos que comprárselas, junto con todos los agroinsumos, hechos específicamente para esas semillas.  

El acaparamiento de la semilla y el conocimiento, cuya propiedad se representa con las patentes, anula la posibilidad de producir alimentos para el campesino pobre, desestima la producción de alimentos naturales a través de la agricultura pues no permite la libre siembra de la tierra. Ello ha hecho que aparezca toda una industria biotecnológica que no solo vende la semilla, sino los insumos agroindustriales, con un agravante: el 60% de la producción de alimentos agrícola se usa no para comida de la gente, si no, para un nuevo uso que esas tecnologías biológicas descubrieron: los biocombustibles – en una paradoja bastante inhumana, donde en vez de alimentar a los seres humanos, nuestros alimentos nutren los motores de la industria de las grandes trasnacionales en los países ricos del planeta, mientras millones de seres humanos en el globo terráqueo se mueren de hambre, como ocurre en la arenosa, nuestra ciudad. De acuerdo al DANE, de cada siete familias, por lo menos, cinco no comen tres veces al día en Barranquilla.

Hoy podemos entender la propuesta del recientemente elegido presidente de Colombia: Gustavo Petro Urrego, y que está contenida en su programa de gobierno la cual trata del fortalecimiento de la agricultura con el campesino pobre.  La agricultura dejará atrás, en la historia, la hambruna que padecen cientos de miles de colombianos, porque la combinación de tierra, agua, conocimiento y asistencia tecnológica, nos arrebatará de las garras del hambre y nos garantizará eso que no podíamos entender: la seguridad alimentaria del pueblo colombiano. Para que nunca más en las estadísticas gubernamentales aparezcamos como una ciudad del hambre.

Laaldeatomada19@hotmail.com

*Licenciado en Español y Comunicación, Universidad de Pamplona, Norte de Santander, Colombia, Sur América. Docente universitario, columnista del Diario La Libertad, columnista del portal Play Noticias, autor del libro LA ALDEA TOMADA, OPINIÓN Y FICCIÓN.

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Referencias bibliográficas:

Levine Barry. B (1992) El desafío Neoliberal. El fin del tercer mundismo en América Latina. Grupo editorial Norma. Literatura y ensayo.

Marx Karl (1867) El capital, Editor: Friedrich Engels.

Gudman Stephen (2013) La energía vital. La corriente de relación. Revista de Antropología y Arqueología, Antípoda. Universidad de los Andes. Facultad de ciencias Sociales.

Otero Gerardo (2013). El régimen alimentario neoliberal y su crisis. Estado y agro empresas. Multinacionales y biotecnología. Revista de Antropología y Arqueología, Antípoda. Universidad de los Andes. Facultad de ciencia sociales.

Engels Friedrich. (1884). El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Editorial progreso, Moscú.

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